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MENSAJE DE PRESENTACION DE MI OBRA

 

No necesito pulir lo que nace del alma

Durante un tiempo pensé en inscribirme en cursos de escritura y pintura, creyendo que así mejoraría mi forma de expresarme artísticamente. Quería aprender técnica, pulir mis formas, alcanzar esa fluidez que muchos consideran esencial.

Pero después de pensarlo bien, me di cuenta de algo importante: no lo necesito.

Sí, mi arte es rupestre, rústico, incluso torpe para algunos. Pero es mío. Y, sobre todo, es honesto. Con él me siento bien. Porque lo que importa no es la perfección de la forma, sino la verdad del fondo. Lo que cuenta es lo que expreso, lo que brota desde lo más profundo de mi alma.

No necesito una escritura perfecta ni una pintura bien definida. Necesito, simplemente, seguir diciendo lo que tengo que decir. Y si eso llega, toca, o remueve algo en alguien más, entonces mi arte ya cumplió su propósito.

El portal está en ti. Atrévete a cruzarlo. 



Testimonio del autor

“Yo también crucé el río”

 

Este libro no nace de la ficción. Nace de la memoria. De la herida. De los pasos que yo mismo di por senderos que no se olvidan.

Antes de convertirme en ciudadano de los Estados Unidos, crucé la frontera de forma ilegal en dos ocasiones. La primera vez fue durante el conflicto armado en mi país, El Salvador. En ese tiempo, los poderes enfrentados —el Estado, los grupos insurgentes, los militares, los partidos— todos querían forzarme a tomar un bando. No podía estudiar sin ser vigilado. No podía caminar libremente sin que alguien me marcara como enemigo. Huir fue mi única forma de sobrevivir.

          Años más tarde, cuando creí que la vida me daría paz, regresé a El Salvador… y encontré otro tipo de guerra: las maras. Extorsiones, amenazas, intimidación. Cada semana, el miedo llamaba a mi puerta. Y otra vez tuve que huir.

           Lo que narro en estas páginas no es literatura. Es verdad. Es real. Lo viví en mi cuerpo, en mi familia, en mi conciencia. No una, sino dos veces. Y aunque los personajes de este libro tienen otros nombres, otras voces, muchas de sus heridas son también mías. Y también me duelen y las sufro como mías propias.

            Por eso *El viaje del salmón* no es un ejercicio literario. Es un acto de memoria. Una forma de decirle al mundo que no se migra por gusto. Se migra por necesidad, por dolor, por dignidad, por miedo, y finalmente por tener un poco de esperanza.

          Escribo esto no como autor, sino como testigo. Y como uno más de los millones que alguna vez… nadamos contra la corriente.

 

Miguel Ángel García Hernández

San Luis Talpa – El Salvador / Estados Unidos

 

Prólogo

Contra la Corriente

 

Dicen que el salmón nace en aguas tranquilas, pero vive en tormenta. Que su instinto más sagrado no es huir, sino regresar. Que cuando llega el tiempo del llamado, deja el mar y remonta los ríos con una única certeza: el origen lo espera.

Nada con fuerza. Salta entre piedras y espuma. Esquiva garras, anzuelos y hambre ajena. Solo uno de cada cinco llegará. Los demás quedarán atrapados en la red de la muerte o en el cansancio de una travesía imposible. Sin embargo, lo intenta. Siempre lo intenta.

No por orgullo, ni por gloria. Lo hace porque algo dentro de él le grita que debe volver.

Los migrantes, como los salmones, sienten ese grito. No el de volver, sino el de cruzar. Salen de sus hogares —no por cobardía, sino por coraje— con la esperanza de encontrar un lugar donde la vida no sea una batalla diaria por sobrevivir.

En el año 2015, más de 240 millones de personas dejaron su tierra. Algunas lo hicieron por hambre, otras por miedo. Algunas huyeron de la guerra, otras de la paz podrida de gobiernos corruptos. Algunas cruzaron desiertos. Otras, mares. Y muchas, como los salmones, no llegaron jamás.

Este libro es una denuncia y también un homenaje. Una denuncia a los sistemas que expulsan a su gente como si fueran desechos. Y un homenaje a aquellos que, aun sabiendo que las probabilidades están en su contra, se lanzan al río de lo imposible.

Aquí contaremos las historias de cuatro caminos:
— Una familia salvadoreña que intenta escapar de la violencia invisible.
— Una joven rumana marcada por una herida irreparable.
— Un padre y su hijo esclavizados entre diamantes africanos.
— Una familia china que navega entre el hambre y la esperanza.

Todos ellos buscarán el llamado “sueño americano”. Pero este sueño, como el viaje del salmón, no promete llegada. Solo lucha.

Atrévete a leer. Atrévete a ver.
Porque esta historia no es solo de ellos… también es nuestra historia.



Capítulo I:

El Silencio que Grita

La familia Pérez

La ciudad aún no despertaba del todo cuando Ramón encendió el fogón de gas y puso a calentar el café. Afuera, la neblina bajaba entre las casas apretadas en la ciudad de Mejicanos como una brisa marina. Dentro de su casa, la rutina comenzaba a moverse: María doblaba la ropa recién lavada, Héctor se quejaba del uniforme escolar arrugado, y Sofía se pintaba las uñas de negro, sin permiso. Todo era rutinario.

Eran las 6:12 a. m. cuando sonó el teléfono. Un sonido seco, impaciente, que parecía venir desde otro mundo.

—Voy yo —dijo Ramón, limpiándose las manos con el delantal de cocina.

Levantó el auricular. Del otro lado, una voz grave, sin emoción, atravesó la línea como un cuchillo.

—¿Ramón Pérez?

—Sí, soy yo. ¿Quién habla?

Un silencio corto. Luego, la amenaza.

—Soy el palabrero de la Mara Salvatrucha en esta zona. Sabemos que tenés un negocio… y queremos que cooperés. Quinientos dólares semanales. El viernes pasamos por la feria.

Ramón tragó saliva. El corazón le martillaba las costillas.

—Señor, yo... eso no es posible. Apenas vendemos para comer.

—No es mi problema. Si no está el dinero a las cinco en punto, se mueren todos ustedes. Así de fácil. Ya sabes cómo son las ondas con nosotros.

Clic. Colgaron-

El silencio volvió. Pero ahora pesaba como plomo.

Ramón se quedó con el teléfono en la mano varios segundos. Su esposa lo miró desde el comedor. Al ver su rostro pálido, dejó caer el vaso que estaba lavando.

—¿Qué pasó, Ramón? Pregunto María.

Nos acaban de amenazar de muerte los de la mara. Susurro Ramón.

Ramón bajó el teléfono con las manos temblorosas. Llamó a María al rincón de la tienda y le susurró la noticia entre dientes, como si las palabras pudieran traer la desgracia más rápido. Ambos decidieron no decir nada a los hijos por el momento. En su lugar, optaron por acudir a la única institución que, al menos en teoría, debía protegerlos: la policía. 




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CRONICAS DE MI EL SALVADOR



CRONICA 1

Los días de María

Prólogo

    Hay historias que no salen en los periódicos. Historias que no importan en las estadísticas. Que no tienen espacio en los discursos ni en los informes del Estado. Historias tan humildes y comunes que, por ser tan repetidas, se vuelven invisibles.

Esta es una de ellas.

La historia de María no es extraordinaria. No tiene héroes con capa, ni grandes triunfos. Es simplemente el relato de un día. Un solo día. Uno como tantos otros que viven las Marías de este país. Mujeres mayores, vendedoras, sobrevivientes. Mujeres que caminan entre la indiferencia y el abuso, cargando en sus manos no solo su mercancía, sino toda una vida de resistencia y esperanza.

Este texto no es un homenaje, ni una denuncia en formato político. Es una mirada. Un intento de no seguir pasando de largo. Una forma de decir: te vi, María… y quiero que otros también te vean.

Son las seis de la mañana, y María, a sus ochenta años, se acomoda frente a una de las calles que rodean el Mercado Central de San Salvador.

Con cuidado coloca un pequeño huacal de plástico sobre el suelo. Dentro lleva, a lo sumo, cinco dólares en tomates y cebollas. A pesar de lo escaso, comienza con entusiasmo su jornada, ofreciendo sus productos a los transeúntes que ya empiezan a llenar la calle con el bullicio típico de la ciudad que despierta. “Balla niñas los tomates y cebollas”.





El saludo de la autoridad municipal

— ¡Vaya niñas, las cebollas y los tomates! —grita María, con una voz tenue y cansada que apenas alcanza a romper el ruido de la calle.

Han pasado ya un par de horas desde que llegó, y solo ha vendido unas cuantas coras de tomates. Justo cuando acomoda los productos nuevamente en su huacal, se le acerca un agente del CAM (Cuerpo de Agentes Metropolitanos). La interrumpe con brusquedad:

—¿Vos tenés permiso de la alcaldía para vender aquí? Sabés que si no lo tenés, te puedo decomisar y botar toda tu mercadería.

María, con la voz quebrada por el temor, apenas logra preguntar:

—¿Y cuánto cuesta el permiso?

—Un dólar —responde el agente, señalando a una mujer que funge como representante de la alcaldía.

Con manos temblorosas, María saca un billete arrugado de su delantal y paga. El agente se retira, pero lanza una advertencia final mientras se aleja:

—Y mañana no te quiero ver aquí, porque esta vez sí te decomiso todo y te boto la venta.

María baja la mirada. Sabe que no tiene otro lugar donde ir. Pero también sabe que, si no vende hoy, no come mañana. Así que respira hondo, se enjuga los ojos y retoma su puesto junto al huacal.

—¡Vaya niñas, las cebollas y los tomates! —vuelve a gritar, ahora con una voz más apagada, donde el cansancio y la tristeza pesan más que el aliento.




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