MENSAJE DE PRESENTACION DE MI OBRA
No necesito pulir lo que nace del
alma
Durante un tiempo pensé en inscribirme en cursos de
escritura y pintura, creyendo que así mejoraría mi forma de expresarme
artísticamente. Quería aprender técnica, pulir mis formas, alcanzar esa fluidez
que muchos consideran esencial.
Pero
después de pensarlo bien, me di cuenta de algo importante: no lo necesito.
Sí, mi arte es rupestre, rústico, incluso torpe
para algunos. Pero es mío. Y, sobre todo, es honesto. Con él me siento bien.
Porque lo que importa no es la perfección de la forma, sino la verdad del
fondo. Lo que cuenta es lo que expreso, lo que brota desde lo más profundo de
mi alma.
No necesito una escritura perfecta ni una pintura
bien definida. Necesito, simplemente, seguir diciendo lo que tengo que decir. Y
si eso llega, toca, o remueve algo en alguien más, entonces mi arte ya cumplió
su propósito.
El portal está en ti. Atrévete a cruzarlo.
Testimonio
del autor
“Yo también crucé el río”
Este libro no nace de la ficción.
Nace de la memoria. De la herida. De los pasos que yo mismo di por senderos que
no se olvidan.
Miguel
Ángel García Hernández
San
Luis Talpa – El Salvador / Estados Unidos
Dicen que el salmón nace en aguas tranquilas, pero
vive en tormenta. Que su instinto más sagrado no es huir, sino regresar. Que
cuando llega el tiempo del llamado, deja el mar y remonta los ríos con una
única certeza: el origen lo espera.
Nada con fuerza. Salta entre piedras y espuma.
Esquiva garras, anzuelos y hambre ajena. Solo uno de cada cinco llegará. Los
demás quedarán atrapados en la red de la muerte o en el cansancio de una
travesía imposible. Sin embargo, lo intenta. Siempre lo intenta.
No por orgullo, ni por gloria. Lo hace porque algo
dentro de él le grita que debe volver.
Los migrantes, como los salmones, sienten ese
grito. No el de volver, sino el de cruzar. Salen de sus hogares —no por
cobardía, sino por coraje— con la esperanza de encontrar un lugar donde la vida
no sea una batalla diaria por sobrevivir.
En el año 2015, más de 240 millones de personas
dejaron su tierra. Algunas lo hicieron por hambre, otras por miedo. Algunas
huyeron de la guerra, otras de la paz podrida de gobiernos corruptos. Algunas
cruzaron desiertos. Otras, mares. Y muchas, como los salmones, no llegaron
jamás.
Este libro es una denuncia y también un homenaje.
Una denuncia a los sistemas que expulsan a su gente como si fueran desechos. Y
un homenaje a aquellos que, aun sabiendo que las probabilidades están en su
contra, se lanzan al río de lo imposible.
Todos ellos buscarán el llamado “sueño americano”.
Pero este sueño, como el viaje del salmón, no promete llegada. Solo lucha.
Capítulo I:
El Silencio que Grita
La familia Pérez
La ciudad aún no despertaba del todo cuando Ramón
encendió el fogón de gas y puso a calentar el café. Afuera, la neblina bajaba
entre las casas apretadas en la ciudad de Mejicanos como una brisa marina.
Dentro de su casa, la rutina comenzaba a moverse: María doblaba la ropa recién
lavada, Héctor se quejaba del uniforme escolar arrugado, y Sofía se pintaba las
uñas de negro, sin permiso. Todo era rutinario.
Eran las 6:12 a. m. cuando sonó el teléfono. Un
sonido seco, impaciente, que parecía venir desde otro mundo.
—Voy yo
—dijo Ramón, limpiándose las manos con el delantal de cocina.
Levantó el auricular. Del otro lado, una voz grave,
sin emoción, atravesó la línea como un cuchillo.
—¿Ramón
Pérez?
—Sí, soy
yo. ¿Quién habla?
Un
silencio corto. Luego, la amenaza.
—Soy el palabrero de la Mara Salvatrucha en esta
zona. Sabemos que tenés un negocio… y queremos que cooperés. Quinientos dólares
semanales. El viernes pasamos por la feria.
Ramón
tragó saliva. El corazón le martillaba las costillas.
—Señor,
yo... eso no es posible. Apenas vendemos para comer.
—No es mi problema. Si no está el dinero a las
cinco en punto, se mueren todos ustedes. Así de fácil. Ya sabes cómo son las
ondas con nosotros.
Clic.
Colgaron-
El
silencio volvió. Pero ahora pesaba como plomo.
Ramón se quedó con el teléfono en la mano varios
segundos. Su esposa lo miró desde el comedor. Al ver su rostro pálido, dejó
caer el vaso que estaba lavando.
—¿Qué
pasó, Ramón? Pregunto María.
Nos
acaban de amenazar de muerte los de la mara. Susurro Ramón.
CRONICAS DE MI EL SALVADOR
CRONICA 1
Los días de María
Prólogo
Hay historias que no salen en los periódicos. Historias que no importan
en las estadísticas. Que no tienen espacio en los discursos ni en los informes
del Estado. Historias tan humildes y comunes que, por ser tan repetidas, se
vuelven invisibles.
Esta es una de ellas.
La historia de María no es extraordinaria. No tiene héroes con capa, ni
grandes triunfos. Es simplemente el relato de un día. Un solo día. Uno como
tantos otros que viven las Marías de este país. Mujeres mayores, vendedoras,
sobrevivientes. Mujeres que caminan entre la indiferencia y el abuso, cargando
en sus manos no solo su mercancía, sino toda una vida de resistencia y
esperanza.
Este texto no es un homenaje, ni una denuncia en formato político. Es
una mirada. Un intento de no seguir pasando de largo. Una forma de decir: te
vi, María… y quiero que otros también te vean.
Son las seis de la mañana, y María, a sus ochenta años, se acomoda
frente a una de las calles que rodean el Mercado Central de San Salvador.
Con cuidado coloca un pequeño huacal de plástico sobre el suelo. Dentro
lleva, a lo sumo, cinco dólares en tomates y cebollas. A pesar de lo escaso,
comienza con entusiasmo su jornada, ofreciendo sus productos a los transeúntes
que ya empiezan a llenar la calle con el bullicio típico de la ciudad que
despierta. “Balla niñas los tomates y cebollas”.
El saludo de la autoridad municipal
— ¡Vaya niñas, las cebollas y los tomates! —grita María, con una voz
tenue y cansada que apenas alcanza a romper el ruido de la calle.
Han pasado ya un par de horas desde que llegó, y solo ha vendido unas cuantas
coras de tomates. Justo cuando acomoda los productos nuevamente en su huacal,
se le acerca un agente del CAM (Cuerpo de Agentes Metropolitanos). La
interrumpe con brusquedad:
—¿Vos tenés permiso de la alcaldía para vender aquí? Sabés que si no lo
tenés, te puedo decomisar y botar toda tu mercadería.
María, con la voz quebrada por el temor, apenas logra preguntar:
—¿Y cuánto cuesta el permiso?
—Un dólar —responde el agente, señalando a una mujer que funge como
representante de la alcaldía.
Con manos temblorosas, María saca un billete arrugado de su delantal y
paga. El agente se retira, pero lanza una advertencia final mientras se aleja:
—Y mañana no te quiero ver aquí, porque esta vez sí te decomiso todo y
te boto la venta.
María baja la mirada. Sabe que no tiene otro lugar donde ir. Pero
también sabe que, si no vende hoy, no come mañana. Así que respira hondo, se
enjuga los ojos y retoma su puesto junto al huacal.
—¡Vaya niñas, las cebollas y los tomates! —vuelve a gritar, ahora con
una voz más apagada, donde el cansancio y la tristeza pesan más que el aliento.





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